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Revista de Filosofía y Teoría Política, 2002, nº 34, p. 167-174. ISSN 2314-2553
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Filosofía.

Ponencia/Congress paper

Alberdi en Buenos Aires: La respuesta de Lerminier y los nuevos problemas de Alberdi: Americanismo y lengua nacional, requisitos para crear una Filosofía Autóctona [1834-1837]

Alejandro Herrero


En un trabajo anterior hemos estudiado la recepción de ideas de Eugenio Lerminier, estudioso del derecho francés, en el discurso juvenil de Juan Bautista Alberdi. En aquella oportunidad observamos como Alberdi buscó en los textos lerminieranos (su autor guía entre 1837-1842) una solución a la sociedad "rosista" percibida como problemática.

Veamos qué pensaba Lerminier para luego introducirnos en el pensamiento alberdiano. Lerminier creía, al igual que otros románticos galos, que luego de la revolución de 1789 los franceses habían detruído el antiguo orden social sin levantar aún otro nuevo que lo reemplace. La pregunta que estaba en la agenda de los letrados parisinos era, ¿cómo crear una sociedad moderna? Lerminier no es el único, la mayoría de los románticos franceses se lanzaron a dar una respuesta a este problema que los inquietaba a todos por igual hacia la segunda y tercer década del siglo pasado. Lerminier sostenía -como el grupo llamado ecléctico y los saintsimonianos que era necesario desarrrollar una filosofía nacional que guíe y unifique moralmente a la sociedad francesa, y de este modo sustituir el viejo fundamento religioso medieval por otro racional.

Hay un dato importante que debemos tener presente: existía una sensación compartida por parte de los intelectuales franceses de que Francia atravesaba una dura crisis esperitual y que Alemania e Inglaterra eran las naciones faros de la cultura europea. Lerminier no escapa a este clima parisino. Sabemos que estudió en Alemania y buscó en autoridades alemanas como la escuela histórica del derecho conducida por Savigny la contestación a sus interrogantes. La nueva generación intelectual francesa que aparece hacia la década del 20, y de la que Lerminier forma parte, trató de recolocar simbólicamente a Francia como nación avanzada culturalmente.

Si Francia requería conquistar una filosofía para crear una sociedad moderna, Lerminier debió primero fundamentar la capacidad de los franceses para emprender semejante empresa espiritual. Sabemos que Lerminier no sólo justificó la posibilidades de los franceses, sino que también se presentó como el intérprete de Francia y de Europa.

Lerminier pensaba que las naciones progresaban del siguiente modo: los países más atrasados como Francia deben pedir ayuda intelectual a las más adelantadas como Alemania, pero con la condición de aportar un pensamiento nuevo, propio, original de la nación. ¿Qué ha hecho Lerminier hacia fines de la segunda década y principios de la tercera? Se ha servido de las ideas (en materia jurídica) de autores Alemanes como Savigny, para después aportar, el propio Lerminier, una nueva visión sobre el derecho en Francia. De esta forma, Lerminier podía cumplir con las leyes del progreso por él pregonada: sintetizar las mejores ideas de su tiempo (Alemania) con las del pasado (galo), aportando nociones nuevas y originales para su nación. De este modo, Lerminier recoloca a Francia como nación avanzada, y se postula como el intérprete mejor dotado.

Esta doble imagen construida por Lerminier tiene un interés particular para nosotros por su impacto en el medio cultural rioplatense. En el interior de los textos porteños de Alberdi se puede detectar esa doble representación lerminieriana, la que hablaba de Francia como la nación guía de la humanidad y de Lerminier como el "filósofo del siglo".

Ahora bien, para Alberdi los libros lerminieranos cobran actividad, porque (el tucumano) cree ver en ellos una solución a las dificultades de la confederación argentina. Sabemos que Alberdi interpreta al hecho rosista con la lente historicista lerminierana: es necesario crear una sociedad moderna que no eliga ya en el futuro a gobiernos despóticos, que no respetan las leyes, como el de Rosas. El problema no es reemplazar a Rosas, sino cambiar la sociedad "instintiva", "ingenua" que lo produce.

Ya lo hemos dicho, Lerminier le enseña al tucumano que para constituir una sociedad civilizada se requería conquistar una filosofía autóctona. Esta respuesta lerminierana trae al joven Alberdi nuevos inconvenientes. Recordemos que Lerminier tuvo que fundamentar primero la capacidad de la cultura francesa, para recién después poder postular la necesidad de desarrollar un pensamiento propio. En la tradición española americana no había un pensamiento reivindicable, por lo tanto, Alberdi debió hacer lo mismo que Lerminier en Francia, demostrar que los americanos estaban preparados para realizar tareas filosóficas. En este punto, Lerminier ya no podía ayudarlo, porque nunca habló sobre América del Sur. Alberdi se sirvió de los ecos de un debate en torno de América que se dió en el siglo XVIII en Europa y que tenía enorme eficacia hacia la tercer década del XIX, para fundamentar su fe hacia los americanos. De este modo, el joven tucumano comienza la primer operación simbólica, colocar al nuevo continente en el espacio civilizado.

Luego aparece la segunda cuestión: cómo conquistar una filosofía nacional. Alberdi dice que Francia movió a los americanos hacia el progreso, pero como sigue a Lerminier advierte que aún restaba sintetizar las ideas franceses (la nación guía, a sus ojos, desde la revolución de 1830) y la tradición filosófica americana. Pero hay un inconveniente sustantivo. La situación que rodea al tucumano es diferente a la de su maestro Lerminier, ya que éste podía apoyarse en una tradición filosófica como la de los ilustrados franceses del siglo XVIII, en cambio Alberdi no encuentra en el pasado rioplatense una tradición intelectual autóctona. Lerminier tampoco puede ayudarlo en este problema, porque no ha escrito nada sobre la tradición filosófica española o americana. Alberdi debe pedir auxilio en otras autoridades. Introduce la cuestión de la lengua nacional con el objeto de cubrir ese vacío de tradición filosófica.

En suma, Alberdi cree hallar en los textos lerminieranos una respuesta al problema rioplatense, esto es, cómo crear una sociedad moderna que no legitime en el futuro gobiernos como el de Rosas. Sin embargo, esta salución le ofrece al tucumano otras dificultades que no puede responder con su maestro parisino. Ya lo dijimos, si es necesario crear una filosofía nacional para conquistar una sociedad civilizada, primero debe demostrar la capacidad cultural de los americanos. Y por otro costado, Alberdi tenía otra problema, cómo crear una filosofía americana si se parte de una tradición intelectual pobre. Veamos cómo resuelve Alberdi ambos inconveniente sin la ayuda de Lerminier.

El debate europeo y norteamericano sobre América.

Hemos dicho que Alberdi tiene presente un debate en torno al futuro americano que se llevó a cabo en el siglo XVIII y que tenía una actualidad enorme durante el segundo gobierno de Rosas. Por razones de espacio sólo nos detendremos en una de las tesis que Alberdi extrae del interior de esa polémica, y utiliza para legitimar la capacidad de los americanos. Existía una tesis antiamericana que circulaba con enorme eficacia en el ambiente cultural de Europa y de América. Nos referimos a la representación que el estudioso alemán De Pauw (hacia la segunda mitad del siglo XVIII) había esbozado sobre el nuevo continente: sostenía la idea de una América "débil" e "inmadura" opuesta a una Europa "fuerte" y "viril". Pero hay que agregar que -en esta polémica- algunos ilustrados apelaban a otros autores para fortalecer esta misma creencia negativa sobre el nuevo mundo. Por ejemplo, se invocaban los argumentos del Espíritu de las leyes de Montesquieu para mostrar la inferioridad tanto de los gobiernos como de los pueblos de América. Utilizando un famoso tópico de este pensador francés (que Montesquieu emplea para interpretar la realidad asiática), escritores europeos afirmaban que las sociedades americanas de clima tropical o cálido se corresponden con gobiernos despóticos. Y una vez que llegaban a ese punto concluían que no habría ninguna salida para estos americanos. Pero las respuestas no se hiceron esperar. Como ha indicado el historiador Antonello Gerbi, otros escritores del siglo XVIII (sobre todo de procedencia gala) señalaban que no era tan importante la influencia del clima, como si la tenía la moral de los hombres, y que estas sociedades americanas poseían un espíritu elevado. Algo de esto se puede advertir en Memoria descriptiva de Tucumán (1834) de Alberdi. Allí se trata de contradecir frontalmente las tesis de Montesquieu, y para ello se afirma categóricamente la alta moralidad de los tucumanos. "Las reglas de Montesquieu relativas a la influencia del clima en torno a la libertad y esclavitud de los pueblos sufren tan frecuentes y numerosas excepciones, que es uno conducido a pensar, o que no existe tal influencia, lo que no me atrevo a creer, o que Montesquieu la comprendió y esplanó mal, lo que tentaré probar. Verdad es, sin duda, que el calor hace perezoso al hombre y activo el frío. Pero la actividad y pereza del cuerpo ¿supone la del espíritu? Los hombres más vivos son, por lo común, de temperamento sanguíneo y nervioso, pero rara vez he visto semejantes hombres a la cabeza de los trastornos de la tierra. Bien perezosos son por lo regular los melancólicos y billosos (así había definido Alberdi a los tucumanos en su Memoria), pero ellos mueven la humanidad.1

En otro pasaje de esta Memoria Alberdi analizaba a la naturaleza física de su provincia (Tucumán) y la igualaba con las más sorprendentes del mundo.2 La operación alberdiana consiste en tomar una tesis sobre América ya elaborada en la cultura europea y de enorme impacto entre los letrados del nuevo y viejo mundo para criticar a su vez otra afirmación de ese mismo ambiente espiritual. De este modo Alberdi combate una creencia sumamente central y negativa sobre América: la decadencia vegetal-animal y de sus hombres. A estos argumentos americanistas, Alberdi suma otros tan optimistas que hablan, por ejemplo, que en el futuro el nuevo mundo guiará al viejo en el aspecto democrático. Es decir, Alberdi imagina un futuro provisorio para los americanos, de repúblicas atrasadas pueden pasar a convertirse en faros de la humanidad. Pero hay otras afirmaciones sustanciales que debemos subrayar: Alberdi señala el parentesco y las simpatías entre los americanos y los franceses. Desde 1810 escribe, "somos hijos de la Francia". La reivindicación de los americanos está estrechamente vinculado con la cultura y las ideas francesas. Aquí vemos que Alberdi sigue a Lerminier, pero no puede concluir como su maestro en Francia. Mientras Lerminier podía decir que Francia está en mejores condiciones que los otros países europeos, Alberdi sólo puede argumentar la capacidad de los americanos filiándolos con la cultura francesa. Precisamente, este parentesco entre América y Francia, es subrayado por Alberdi, porque con este argumento puede pensar la otra dificultad, cómo crear una filosofía nacional cuando se posee una tradición intelectual pobre.

En busca de una lengua y una filosofía para la nación argentina (1834-1838, período porteño).

Alberdi pensaba, siguiendo las lecciones de Lerminier, que la sociedad (o nación argentina) era un organismo vivo, y que el desarrollo armónico de sus miembros (política, economía, literatura, derecho, lengua, etc.) dependía del crecimiento de su miembro guía (filosofía nacional). Por esta razón, Alberdi afirmaba que el primer requisito de la confederación argentina consistía en la "conquista de una filosofía americana".3 Ahora bien, ¿que lugar y función tiene la lengua en ese organismo nacional? Según lo expuesto más arriba la lengua nacional tendría reservado una posición parecida a los otros elementos de la nación (que van desde la economía a la política y del derecho a la literatura), todos ellos necesitan para su progreso de la acción permanente y fatal de una filosofía argentina.

Sin embargo la lengua nacional tiene una particularidad que los otros miembros del organismo social no poseen. Veamos, Alberdi sigue la visión sobre la lenguas nacionales de autores románticos franceses: Fortoul, V. Hugo y Villemain. Estos autores advierten que las lenguas autóctonas perfeccionan el pensamiento. Alberdi citando a Fortoul puede decir que las lenguas nacionales "siguen y provocan infaliblemente los cambios del espíritu humano". La lengua no representa un simple elemento de la nación, sino un componente fundamental: ayuda al progreso de una filosofía nacional que es el motor de la nacionalidad. Hay una suerte de cadena: la lengua autóctona alimenta al pensamiento nacional, y a su vez, este pensamiento mueve a todos los elementos del organicismo social (nación Argentina). Por esta razón Alberdi podía decir en 1837 que "Es preciso conquistar una filosofía, para llegar a una nacionalidad"4 y al mismo tiempo sostener que "la lengua es la nación".5 O plantear la necesidad de una tarea ambiciosa: crear una academia americana que se ocupe de la cuestión del idioma.6 En suma, lengua y filosofía son los dos motores que permiten el desarrollo de la nación argentina. Alberdi introduce la cuestión de la lengua, que no podía leer en los textos de Lerminier sino en otras autoridades, para resolver el problema que suponía crear una filosofía en un país sin tradición filosófica. Pero no nos apresuremos.

¿Cómo desarrollar una lengua autóctona sino hay un pensamiento propio?, y a su vez, ¿cómo desarrollar una filosofía americana si no hay una lengua dotada de racionalidad? El desprecio alberdiano hacia la cultura heredada de España se encuentra en ese dato: la ausencia en la tradición colonial de una filosofía y de una lengua que pueda movilizar a la nación argentina.

Alberdi tiene el ejemplo de su maestro Lerminier. Ante el atraso de la cultura francesa, sus intelectuales necesitaron organizar sus reflexiones con ideas de los países faros como Alemania o Inglaterra. De esta manera se produce, nos dice Lerminier, el progreso de las naciones, ante una situación crítica interna, se introduce el pensamiento exterior de la nación faro, para que la nación retrasada siga progresando. Pero Lerminier agregaba a esto un segundo paso. Se debía sintetizar las ideas foráneas con la propia tradición intelectual, y de esa combinación emerge un nuevo pensamiento. Alberdi tiene presente este razonamiento lerminierano sobre el progreso de las naciones. Pero la situación rioplatense era más precaria que la francesa.

Ahora bien, cuando Alberdi interpreta la revolución de mayo utiliza este esquema de su maestro. Si España no poseía una tradición intelectual ni una lengua racional, los americanos necesitaron ser impulsados por las ideas filosóficas francesas para romper con la colonia e ingresar al mundo de naciones civilizadas. Pero hacia 1837 Alberdi advierte la misma situación, el pensamiento como la lengua heredadas de la colonia son calificadas de "feudales". Por lo tanto durante el segundo gobierno de Rosas todavía la influencia de la inteligencia y de la lengua francesa era un requisito para seguir progresando. Escribe en su Fragmento preliminar: "Si la lengua no es otra cosa que una faz del pensamiento la nuestra pide una armonía íntima con nuestro pensamiento americano, más simpático mil veces con el movimiento rápido y directo del pensamiento francés, que con los eternos contorneso del pensamiento español.(...) Cambiamos la autoridad española, por la autoridad francesa, el día que cambiamos las esclavitud por la libertad. (...) El pensamiento francés envuelve y penetra toda nuestra vida republicana".(Fragmento preliminar, pp.153-154). Esto es, a los ojos de Alberdi, la confederación argentina se constituyó en el pasado y lo haría en el presente desde el exterior. De allí el parentesco y las simpatía entre América y Francia. El segundo paso, la síntesis entre las ideas de la nación guía y la tradición rioplatense es desplazada hacia el futuro.

De este manera, quisimos poner algunas evidencias sobre dos cuestiones. La primera, que Alberdi no reproduce, no copia a Lerminier. Utiliza esquemas lerminieranos para interpretar el hecho rosista, y la respuesta de su maestro parisino promueve al jóven tucumano nuevas dificultades que debió resolver con otras autoridades. Por lo tanto, Alberdi no es un lector pasivo, sino que elabora una interpretación, a la situación argentina vista como problemática, combinando varias lecturas. En segundo lugar, para Alberdi no es negativo, ni contradictorio, plantear su voluntad de crear una filosofía nacional y al mismo tiempo dejarse influir por ideas francesas, porque Lerminier le ha enseñado que de esta manera progresan las naciones civilizadas. La influencia francesa, era vista por el tucumano, como un primer momento necesario para la creación de un pensamiento nacional. La síntesis entre tradición intelectual local y la de la nación faro era una tarea desplazada inevitablemente hacia el futuro.

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1. Alberdi, J. B., (1945),"Memoria descriptiva de Tucumán", en: Juan Bautista Alberdi, Juan Bautista Alberdi. Viajes y descripciones, (1945), Buenos Aires, W.M.Jackson, págs. 39 y 40.

2. Alberdi, J. B., Memoria descriptiva..., op. cit.Págs. 16 a 30.

3. Alberdi, J. B., (1984), Fragmento preliminar al estudio del derecho, Buenos Aires, Biblios, p. 123.

4. Alberdi, J. B., Fragmento preliminar al estudio del derecho, Buenos Aires, Biblos. p. 123.

5. Alberdi, J. B., (1886), "Album Alfabético" en: Obras Completas de J.B.Alberdi, (1886), Buenos Aires, La Tribuna Nacional, T. I. Pág. 343.

6. Alberdi, J. B., Fragmento preliminar al estudio del derecho, op. cit. Pág. 155.

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