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Revista de Filosofía y Teoría Política, 2008, nº 39, p. 115-120. ISSN 2314-2553
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Filosofía.

A un maestro de La Plata: Narciso Pousa (1920-2007)

Oscar Miguel Esquisabel

Universidad Nacional de Quilmes; Universidad Nacional de La Plata; CONICET
omesqui1@gmail.com


El ejercicio universitario de la actividad filosófica en la Argentina ha mutado considerablemente en el curso de los últimos treinta años, poco más o poco menos. De forma paulatina,hemos pasado del modelo magistral, centrado fundamentalmente en la figura del Profesor (así, con letras capitales) que se encuentra al frente de su cátedra, al paradigma del investigador y del "profesional" de la filosofía, quien, entre otras obligaciones académicas, tiene además que impartir el contenido de una materia que sólo por tradición se sigue denominando "cátedra". De esta manera, se ha impuesto la tendencia global a introducir en la práctica de la filosofía los criterios y cautelas de la concepción empresarial de la ciencia, especialmente de la "big science", de acuerdo con la cual el ejercicio de la actividad científica se debe medir de acuerdo con alguna pauta objetiva contante y sonante. En cierto modo, la desaparición del Profesor Narciso Pousa, para muchos de nosotros simplemente "Narciso", simboliza la nostálgica rúbrica que cierra el ocaso de una generación que veía en la práctica de la enseñanza de la filosofía, en esa conexión vital que se establecía en "la clase" entre el Profesor y su audiencia, el comienzo y la meta de la actividad filosófica como tal.

A pesar de la impronta de afecto que me legaron sus clases, no tuve un trato directo o personal con Narciso, excepto alguna conversación incidental fuera del ámbito del aula, en los pasillos o en el Departamento de Filosofía, en el primer piso de la antigua sede de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, que se encontraba en el contrafrente del Rectorado,o,después de su traslado,en el primer subsuelo del actual edificio de la Facultad. Así es que esta aproximación que ahora ofrezco del Profesor Narciso Pousa adolece (y goza, también, de la ventaja) de la limitación de mi perspectiva. Conocí al personaje del Profesor,que imprimió en mí una experiencia restringida al ámbito de la Facultad, no en cambio al Narciso de la vida cotidiana, que, de acuerdo con sus allegados más directos, tenía unos cuantos grados de distancia respecto de esa figura que en el trato universitario actuaba con una fina cortesía, solemne,distante y un tanto condescendiente. Al parecer,en el hacer y padecer de todos los días, no se privaba de las palabras fuertes, y eran memorables sus ataques de ira por la imperfección del mundo,quese obstinaba en esconderle las llaves de la casa, por ejemplo. Se divertía como el que más en las fiestas; tampoco se privaba de hacer bromas y contar, en familia o con los amigos del café, chistes de altísimo calibre. Todo esto me era ajeno en ese entonces. En todo caso, las imágenes de esas memorables horas de clase suelen despertarme de mi vivir cotidiano con la misma intensidad de la experiencia que sobresaltó al Marcel de Proust en el memorable episodio de la magdalena.

Mi primer encuentro con ese modo tan particular en que ejercía la docencia Narciso,aconteció en Introducción a la Filosofía. Posterior-mente, ya más avanzado en el curso de mis estudios, me reencontré con él en Historia de la Filosofía Contemporánea. Corría el ominoso año 1975. Después de una catábasis hacia las catacumbas de la calle 48, lo único que estaba habilitado en ese entonces del actual edificio, accedíamos a un aula amplísima, apenas iluminada, con el acompañamiento de fondo de unos enormes ventiladores, que, se suponía, debían airear ese espacioso ambiente. Recuerdo la primera clase: una inmensidad de gente, algunos sentados, otros parados y otros más, afuera, apenas asomándose por las puertas entreabiertas. Y allí estaba, en una especie de tarima, que le permitía ver por encima de nuestras cabezas: alto, cor-pulento,un poco encorvado ya, completamente encanecido. Inútilmente trataba de hacerse oír por medio de un destartalado amplificador,al cual renunció inmediatamente: el coro de los ventiladores era un enemigo formidable, así que, qué más daba, prefirió comenzar a hablar, con un suspiro resignado, sin la ayuda de esa ominosa técnica de la que tanto desconfiaba. E inició su discurso,directamente,sin preámbulos, sin esas aclaraciones, que son tan típicas de la actividad profesoral, acerca de las formalidades de la materia o acerca de los contenidos del programa, que, a pesar de existir, no respetaba. Simplemente comenzó, con esa entonación e impostación de la voz que daba a entender que le iba la vida en lo que decía, con esa retórica que sugería que en cada palabra se jugaba el drama mismo del mundo.

Recuerdo todavía esa voz trémola y cadenciosa, que acentuaba la idea fundamental, la palabra emblemática. De esa manera, en el silencio oracular de la inmensa aula, recorrimos así, a lo largo de todo ese año, prácticamente la historia completa de la filosofía, desde los presocráticos hasta el presente de ese momento, representados fundamentalmente por Heidegger y Wittgenstein. Claro, había un programa, con sus unidades, sus "bolillas" como se acostumbraba a llamarlas. Pero Narciso no aceptaba esa burocrática compartimentación de la filosofía y hacía tabla rasa con las distinciones. Llevaba sobre sus espaldas la carga completa de occidente. Se detenía, sin embargo, en ciertos hitos que consideraba particularmente relevantes. Platón y Aristóteles, eran, por supuesto estaciones obligadas de este viaje, Kant sin duda y, especialmente, ese admirado alter ego de Narciso, Nietzsche, a quien tantos esfuerzos dedicó. Heidegger era, qué duda cabe, uno de sus héroes filosóficos más apreciados, y Wittgenstein, luego me daría cuenta de por qué, lo fascinaba por esa conminación a la mística del silencio: le gustaba repetir la última tesis del Tractatus: "de aquello de lo que no se puede hablar, mejor es callarse". Había que callarse filosóficamente, pero entonces debía continuarse de otro modo. Y creo que precisamente en este modo era cuando uno, como oyente, se asomaba más que nunca al verdadero Narciso, a su interior, a su sancta sanctorum. Y es que como ocurre para tantos otros, también para Narciso la filosofía tenía que guardar silencio para dar lugar al arte: un poema de Rilke, una alusión a Dostoievsky o a Mann, el argumento o una secuencia de una olvidada película expresionista, proseguían lo que la filosofía no se atrevía o no podía decir. Es que en el fondo, creo no equivocarme, Narciso era un esteta. No en el sentido de un teórico del arte, en alguien que piensa acerca del arte; no, Narciso era un degustador del arte, alguien que se sumerge en el elemento mismo de sus producciones, en todas sus dimensiones y que entiende las cosas a partir de esa experiencia artística. Narciso me evoca la idea schellingiana de que el arte es el verdadero órganon de la filosofía. Por eso mismo, Narciso era un connaisseur de una erudición artística inmensa. En este aspecto, rememoro una anécdota de mi maestro y amigo, Emilio Estiú, quien sentía una enorme admiración (y quizá una secreta rivalidad) por esa vastedad de conocimientos artísticos. Contaba Emilio que una vez, encontrándose ambos en no sé cuál evento, dieron en hallarse ante una espléndida alfombra persa. "Ah", dijo Emilio,"una alfombra persa, ¿no?", "sí", respondió Narciso,"es persa", y a partir de ese momento comenzó con una minuciosa y detallada descripción de todos y cada uno de los aspectos del tejido: la procedencia, la confección, la dinastía, los detalles y simbolismos del dibujo.

Esta orientación final hacia el arte, hacia la experiencia del arte, se confirmó luego en mi segunda navegación por los territorios de Narciso, Historia de la Filosofía Contemporánea, en el año 1980. Claro es que en este caso yo ya había transitado por la mayoría de las materias del plan y, por ello, imbuido de un saber que en el fondo era supuesto y, por cierto, bastante engreído, miraba con un ojo crítico ese estilo de filosofar que tan sorprendente me había parecido al principio. Confieso sinceramente que algunas figuras me fueron indiferentes y quizá un poco fuera de lugar, como el caso de Jean Danielou. Otras, como la ontología de Nicolai Hartmann, parecían casi obligadas, por la vigencia que todavía conservaban en aquella época en los estudios filosóficos en Argentina, aunque ya se anunciaban claramente los vientos de cambio conceptual. No obstante, era con aquellas formas de pensamiento que más genuinamente expresaban la visión personal de Narciso que yo retornaba a esas primeras experiencias de Introducción a la Filosofía. Se podían comprobar las preferencias de Narciso por el tiempo que se demoraba en esas estancias de nuestro peregrinaje. En algunas pasábamos rápidamente, como recuerdo que aconteció con el pobre Carnap,objeto de una rápida, pero no irrespetuosa, consideración sobre la base de su Superación de la metafísica por medio del análisis lógico del lenguaje. En otras, permanecíamos morosamente, como si no pudiésemos despedirnos definitivamente de ellas. Nietzsche, el del Origen de la tragedia, pero también el del eterno retorno, es el ejemplo emblemático, pero también eran de la partida Bergson, Heidegger y, un poco menos, Wittgenstein. De este último no le interesaban, por supuesto, las intrincadas complicaciones semánticas y lógicas, sino la valoración del silencio místico ante lo inefable, una dimensión que constituía una especie de denominador común con el último Heidegger, el de Trakl. Era evidente que a Narciso le preocupaban, precisamente, las limitaciones del decir filosófico. Así, se me hizo completamente manifiesta esa primera presunción que había tenido años atrás, en Introducción a la Filosofía: para Narciso el territorio del arte abarcaba esos dominios que son inaccesibles a la filosofía y, por ello, una vida filosófica debía culminar siendo una vida artística. No es ajeno a ello que nos haya legado una obra poética y novelística.

No creo que Narciso se haya sentido en el papel del investigador "científico" de la filosofía, un "profesional", como tendemos a autorepresentarnos hoy en día. La filosofía no era para él una teoría o una disciplina, sino una actitud personal, un modo de vida. Y el acto fundamental de ese modo de vida era encontrarse con otros y hablar libremente, como el Sócrates de los diálogos platónicos, entre amigos. Trataba de vivir filosófica y, si se quiere, artísticamente. Si no investigador en el sentido que le damos hoy en día a esa palabra, tan cargada de connotaciones provenientes de la ciencia, era, en un sentido superior, un indagador, regido por esa fe extraña que nos dice que si encontramos algo, entonces no era aquello tras lo cual andábamos. Cosa curiosa para nosotros (e irritante para algunos), no le gustaba que se hablase de sus antecedentes, de sus "logros", no quizá a causa de su modestia, sino más bien porque consideraba que todo lo que pudiese caber en un currículum vitae no tenía, en el fondo, importancia, no más, en todo caso, que ese encuentro cotidiano y personal con sus estudiantes y sus amigos para hablar, simplemente, de la filosofía por la filosofía misma.

De entre tanto que escribió menciono un artículo, quizá no muy importante en relación con otras producciones suyas, como su obra sobre Nietzsche (Nietzsche y la estética de la tragedia), sobre Bergson (Bergson y el problema de la libertad) o Descartes (Moral y libertad en Descartes). Se trata de "El hombre crepuscular", publicado en la Revista de Filosofía de nuestro Departamento, en el año 1967. En ese artículo, siguiendo su veta nietzscheana, Narciso nos describe a nosotros, hombres del presente, como seres crepusculares, que se abisman ante el acontecimiento del nihilismo. No me siento especialmente capacitado para decidir si ello ha sido así o no. En todo caso, me atrevo a pensar que él mismo se sentía en una era crepuscular, en una época de ocaso, en la que ciertas formas tendían a desaparecer, para dar lugar a otras nuevas, ni mejores ni peores, probablemente. Hoy en día la práctica de la filosofía en la Argentina es distinta de la que fue en otra época. Como decía un poco más arriba, nos autorrepresentamos fundamentalmente como docentes investigadores, cuya obligación es promover la empresa de la investigación filosófica, a través de la producción de material bibliográfico y la formación de nuevos "recursos humanos". Se me hace que Narciso,el Profesor,mientras se aleja y se desvanece lentamente en el ocaso de una época, vuelve su rostro hacia nosotros y nos arroja una mirada dubitativa.

Luego de recibir su instrucción secundaria en el Colegio Nacional de La Plata, realizó sus estudios de Filosofía, también en La Plata, en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Posteriormente,en la década de 1950, se trasladó a París, donde permaneció entre los años 1951 y 1952 para perfeccionar su formación. Allí, fue alumno de Jean Wahl, entre otras personalidades filosóficas de aquel momento. Enseñó en varias Universidades del país. La Universidad Nacional de Rosario, la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca) y la Universidad de Buenos Aires, lo contaron entre sus profesores. No obstante,su principal actividad docente se concentró en La Plata, en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y en el Colegio Nacional, a los que dedicó más de cuarenta años de su vida. También participó activamente en las actividades del Instituto de Teología de La Plata. En nuestra carrera de Filosofía dictó diferentes materias, pero Introducción a la Filosofía e Historia de la Filosofía Contemporánea (posteriormente, Filosofía Contemporánea) eran sus baluartes, tanto que ambas quedaron, para muchos de sus alumnos, imborrablemente identificadas con su figura. Prosiguió con su ímpetu docente aun después de haber llegado a la edad del retiro, al frente de Filosofía Contemporánea, hasta el año 2005. Fue un platense de ley; fue un maestro de La Plata.

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